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sábado, 9 de octubre de 2010

octubre mes del rosario

Que este mes sea un mes para rezar el rosario en familia. Que le demos la vienvenida nueva mente a Maria como una madre que regresa a casa. Adornemos nuestra casa con flores frescas para el regreso de nuestra Madre. Ella viene a alegrar la familia nuevamente con sus virtudes.
Maria Madre del salvador intercede por nosotros.

miércoles, 6 de octubre de 2010

MARRIA EN JUAN PABLO II

CARTA ENCÍCLICAREDEMPTORIS MATERDEL SUMO PONTÍFICE JUAN PABLO II
SOBRE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA
EN LA VIDA DE LA IGLESIA PEREGRINA

Venerables Hermanos,
amadísimos hijos e hijas:
¡Salud y Bendición Apostólica!
INTRODUCCIÓN
1. La Madre del Redentor tiene un lugar preciso en el plan de la salvación, porque «al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, para que recibieran la filiación adoptiva. La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!» (Ga 4, 4-6).
Con estas palabras del apóstol Pablo, que el Concilio Vaticano II cita al comienzo de la exposición sobre la bienaventurada Virgen María, (1) deseo iniciar también mi reflexión sobre el significado que María tiene en el misterio de Cristo y sobre su presencia activa y ejemplar en la vida de la Iglesia. Pues, son palabras que celebran conjuntamente el amor del Padre, la misión del Hijo, el don del Espíritu, la mujer de la que nació el Redentor, nuestra filiación divina, en el misterio de la «plenitud de los tiempos». (2)
Esta plenitud delimita el momento, fijado desde toda la eternidad, en el cual el Padre envió a su Hijo «para que todo el que crea en él no perezca sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). Esta plenitud señala el momento feliz en el que «la Palabra que estaba con Dios ... se hizo carne, y puso su morada entre nosotros» (Jn 1, 1. 14), haciéndose nuestro hermano. Esta misma plenitud señala el momento en que el Espíritu Santo, que ya había infundido la plenitud de gracia en María de Nazaret, plasmó en su seno virginal la naturaleza humana de Cristo. Esta plenitud define el instante en el que, por la entrada del eterno en el tiempo, el tiempo mismo es redimido y, llenándose del misterio de Cristo, se convierte definitivamente en «tiempo de salvación». Designa, finalmente, el comienzo arcano del camino de la Iglesia. En la liturgia, en efecto, la Iglesia saluda a María de Nazaret como a su exordio, (3) ya que en la Concepción inmaculada ve la proyección, anticipada en su miembro más noble, de la gracia salvadora de la Pascua y, sobre todo, porque en el hecho de la Encarnación encuentra unidos indisolublemente a Cristo y a María: al que es su Señor y su Cabeza y a la que, pronunciando el primer fiat de la Nueva Alianza, prefigura su condición de esposa y madre.